sábado, 19 de marzo de 2011
Precursor de Precursores Juan Santos, gran caudillo selvático
Héctor Guzmán
También sabemos, por descripciones de quienes lo vieron en su esplendor, que era mestizo de regular talla y buenas facciones. Vestía chusma. Habría ido educado por un jesuita, quien lo llevó a Europa y también al Africa, donde la Compañía regentaba un gran Colegio en Angola. Sabía el caudillo latín, campa o asháninka, y desde luego quechua, además de castellano. Cobró una descomunal fuerza social, entrelazando diversas tribus, hasta el Gran Pajonal y las Pampas del Sacramento, mediante la lucha contra la opresión colonial, en un medio donde las selvas libres habían sido convertidas en latifundios mediante la agresión y el despojo realizados por grandes señores criollos andinos.
¿Por qué cobró tanta fortaleza? Gracias a su lucha por la justicia. Porque aplicó los evangelios de la religión católica y otros cultos de la región, mezclados con la magia. Su movimiento ha sido definido como mesiánico. Y nada de lo dicho debe extrañar, pues nuestro país constituye una heterogénea colectividad, a horcajadas entre el Occidente y el Perú Profundo desde 1532.
Sin duda, Juan Santos sentíase un iluminado, un ser llamado a realizar la voluntad de Dios,
venido a instaurar la justicia entre los indios selváticos que tanto habían padecido en el área. Un poco al estilo de las Misiones Jesuitas del Paraguay y de otros lados de América, y otro tanto como restauración del Incazgo, en la línea que Gracilazo había presentado aquel período prehispánico.
La guerra
Juan Santos tendría que enfrentar a dos Generales y cinco expediciones virreinales remitidas desde Lima. El río Chanchamayo y el fuerte de Quimiri (hoy La Merced) fueron escenarios principales de aquellas luchas que finalizaron siempre en derrotas para los virreinales. En los combates destacarían los nativos Simirinches, que no son otros que los Piros de hoy, sólo que eran mucho más numerosos y lucían como los mejores canoeros y llegaban muy lejos. Competían con los Asháninkas (Campas) en coraje, utilizando ambo certeramente sus fechas contra los cañones. También militaron en aquellas jornadas negros liberados por el movimiento y grupos de siervos quechuas de las serranías, que habían sido llevados a la comarca por los patrones. Pero el Apu siempre quiso subir a las sierras, y hasta ahora son una incógnita los enlaces que poseía en Guamanga, y pocos datos tenemos sobre la expedición virreinal que salió de Huanta; aguardamos una publicación de Lorenzo Huertas sobre estas materias. La versión dominante es la de el caudillo, precisamente, llegó a la selva descendiendo por el río Apurímac.
En este mismo plano deben colocarse las conjuras de Huarochirí, por ese mismo tiempo, donde “lo llamaron”, y la conspiración en Lima, ligada a la anterior. Todo concatenado sin duda en la ocupación de la comarca serrana de Andamarca y los preparativos en Canta para recibir al misterioso Apu de las selvas, cuyos hechos valían más que sus títulos. En otras palabras, Juan Santos tenía en realidad un “proyecto nacional”. Varios de sus seguidores fueron ejecutados en Lima en medio de la indiferencia general. Se explica el hecho porque esta capital constituía un verdadero enclave hipano- africano (una mitad de limeños era de negros, mulatos y zambos,
urbanos además, no rurales como los negros que apoyaban al caudillo de las selvas).
La lista de los encuentros bélicos, finalmente, es larga; éstos poseen nombres exóticos de nuestra Amazonía.
Cambios sociales
Entre las inquietudes que deja nuestro personaje está el origen de sus pensamientos sociales, que preceden a las ideas tupacamaristas. Atrae asimismo el sutil uso de la magia para consolidar la sublevación, y la utilización oportuna de todos los medios a su alcance en vastas comarcas de la ceja de selva y algunas alturas andinas. Llama la atención su pamperuanismo, la aceptación en sus filas de todos los nacidos en el Perú, sin diferencias raciales. También resulta cautivante una habilidad guerrillear que se siguió por el paisaje selvático y sus hombres. Por último cabría remarcar que rompió tajantemente con el Rey de España y trazó avanzadas concepciones sobre la esclavitud y los obrajes, restituyendo además las tierras a los chuncos.
También es posible poner en tela de juicio si resulta procedente continuar hablando de rebelión de Juan Santos. Todos hemos repetido la opinión virreynal, pero los hechos desbordan los marcos de una simple sublevación: a lo que parece formó un reino propio, secundado por numerosos campas asháninkas y por decenas de miles de otros vasallos, sobre una extensión territorial comparable a más de la mitad de España. En todo caso, el levantamiento de 1742 alcanzó con rapidez una estabilización casi absoluta, abarcando buena porción humana y geográfica del Virreinaro; reino independiente que sólo acabaría con la enigmática muerte de su creador. Por eso fue llamado Juan Santos el Invencible por el polígrafo Francisco Loayza (1942), quien introdujo al personaje en la Historia del Perú. Y no dejó Juan Santos sucesor
indiscutido porque practicaba la castidad, aun cuando toleró la poligamia entre varios seguidores.
Juan Santos se apoyó en los Asháninkas (campas) fundamentalmente, como lo remarcó Mario Castro Arenas; pero éstos le consiguieron nuevos aliados. Al fin y al cabo, él mismo probablemente habría descendido por el río Apurímac, poblado de gente de esta nación, aun hoy, en todo su extenso tramo selvático. Dicen que lo hizo en compañía de un brujo o shamán. En todo caso, ese pueblo, muy cazador y guerrero, le proporcionó una excelente base humana de acción, pues contaban con experiencia. Eran “chunchos” en el más elevado sentido histórico de la palabra, esto es, como hemos dicho, indios belicosos, altivos. Se habían sublevado esos Asháninkas en tres ocasiones, antes del arribo de Juan Santos: en 1642, en 1671 y en 1691.
Pero Juan Santos, precursor de precursores, con todas sus hazañas y postulados, carece de
monumento en el Perú. Lo hemos buscado incesantemente en las grandes ciudades de nuestra selva y en muchos de los pequeños pueblos en que hemos estado, navegando el Marañón, el Huallaga y el Ucayali. Resultaba inútil buscarlo en Lima, donde más bien sobran tantos monumentos y bustos. Aunque Roger Rumrrill nos ha informado hace poco que en estos días el alcalde de Atalaya Luis Villacorta inaugurará uno en aquella remota población de nuestras junglas. Pero ¿por qué el desdén general del país? Sospechamos que las causas sean las mismas existentes contra Túpac Amaru, hasta que el General Presidente Juan Velasco Alvarado salió al frente de aquella negación de la peruanidad integral.
Juan Santos, si llegó a las selvas misteriosamente, se fue en forma legendaria. Decían las antiguas tradiciones campas que subió a los cielos entre fuego y humo. Así decían. Pero es un hecho que este caudillo, por etapas, estremeció a la Corte de Lima e hizo retroceder las fronteras orientales del Virreinato.
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LA REVOLUCIÓN DE JUAN SANTOS ATAHUALLPA

Pintura que se conserva en el convento franciscano de Ocopa, tal vez la imagen más fidedigna existente sobre el hecho histórico aquí descrito.
Héctor Guzmán Palomino
La lucha libertaria de Juan Santos Atahuallpa no puede resumirse a una rebelión y debe ser considerada como una revolución pues los sucesos nos la presentan tal cual. La conquista del poder fue una aspiración permanente de este caudillo que vivió y se alimentó de la cultura del invasor por lo que entendió la necesidad de cambiar el orden social instaurado. El caudillo supo aprovechar los medios naturales para crear las condiciones materiales que alimentaron las premisas revolucionarias y también supo utilizar las contradicciones de dominación para incorporar diversas naciones a un solo programa. La correcta correspondencia entre las condiciones objetivas y subjetivas hizo posible la Gran Revolución de Juan Santos Atahuallpa.
Se dice que Juan Santos, no sabemos si cusqueño, ayacuchano o cajamarquino, acaso nieto de Atahuallpa, fue un indio quechua de buena instrucción occidental, ya que fue “educado” por los jesuitas en Cusco. Se afirma también que fue capaz de hablar el español, inglés, latín y quechua, antes de manejar todas las lenguas aborígenes de la selva central, que iba a ser escenario de su lucha.
Viajó Juan Santos bastante lejos, llegando incluso hasta tierras africanas. Se dice que estuvo en Londres donde pudo haber tomado contacto con la logia masónica que, según algunos de sus biógrafos, prometió apoyarlo en la gesta libertaria que preparó con años de antelación.
Hay quienes sostienen que Juan Santos, a su regreso de Europa, perpetró un crimen que lo obligó a desligarse de los jesuitas con quienes vivía en la ciudad de Guamanga, para buscar refugio en la selva central. Pero ésta es una hipótesis poco convincente. Decir que Juan Santos fue un buen cristiano porque leía a diario la Biblia o porque llevaba una gran cruz al pecho es dotar al caudillo de un simplismo que no le fue propia. Repárese en los dos tipos de entradas que se dieron en territorio amazónico: unas fueron para evangelizar, sobre todo las de los valerosos misioneros de la orden mendicante de los franciscanos, a quienes podemos reprochar el error de querer imponer casi fanáticamente su religión, mas no la autenticidad de su fe (qué diferencia con los jesuitas, por ejemplo). Las otras fueron las entradas militares, destinadas simplemente al robo y el saqueo, con la infaltable carga de genocidio, sobre todo al buscarse los míticos reinos de El Dorado, El Paititi y el Enin, donde se creyó posible hallar oro en abundancia. Juan Santos, podremos decir, fue consciente de todo ello y solo así puede entenderse su religiosidad.
Desde fines del siglo XVI los dominicos, franciscanos y jesuitas buscaron implantar su dominio espiritual en la Amazonía; y para ello crearon las misiones o reducciones donde pensaban concentrar a las poblaciones indias, como habían hecho los encomenderos en otras regiones. La tarea no fue fácil, pues los pueblos amazónicos defendieron en todo momento su identidad, su modo de vida y su territorio ancestral, amparados en su moral y mística propia. De otra parte las expediciones militares para encontrar el Dorado, el Paititi y el Enim encontraron o provocaron la resistencia armada.
En el siglo XVIII, cuando se descubre el Gran Pajonal y la importancia del Cerro de la Sal, los invasores comprenden que su conquista ha de suponer el sometimiento de las poblaciones nativas. Los franciscanos arrecian entonces en su afán “evangelizador”, y hacen de la localidad de Ocopa el centro de las misiones; en lugares estratégicos fundan así numerosos pueblos, que ponen bajo la advocación de santos cristianos, anunciando en sus cartas y crónicas la conversión de miles de “infieles”, a los que se “bautizan” en la fe cristiana, no importándoles si ésta es o no conocida en verdad por sus nuevos adeptos.
El hecho de conocer profundamente la religión cristiana y los maquiavélicos manejos de los jesuitas, le dio a Juan Santos la experiencia necesaria para lograr que precisamente esos nuevos “cristianos” se incorporasen a la revolución. Cuentan que se anunció como “el enviado de Dios” para lograr la liberación de sus hermanos, con lo cual simplemente utilizó inteligentemente el mecanismo de propaganda mediante el cual los sacerdotes cristianos habían “convertido” a los nativos. Sin entender bien este entramado, algunos han considerado a Juan Santos un “iluminado” e incluso le han adjudicado el fanatismo de los primeros cristianos. A nosotros nos parece que fue todo lo contrario, pues “el enviado de Dios”, al emprender su gesta libertaria, no dudó en arrasar con las misiones, incluidas las iglesias, expulsando de toda la selva central a todos los sacerdotes cristianos, considerándolos entre los enemigos de guerra.
Las penosas condiciones de vida impuestas a las poblaciones nativas, reducidas a la esclavitud y desposeídas de sus tierras, a las cuales se pretendió destruir culturalmente, crearon las condiciones objetivas para la revolución; estas fueron circunstancias tangibles que suscitaron el rechazo a la dominación, dando cauce a la revuelta. El mérito mayor de Juan Santos Atahuallpa fue el de haber forjado la unidad política entre todas las naciones de la selva central, proyectando una lucha común con los pueblos de las serranías, ideal este último que desgraciadamente no pudo concretarse. Además, logró forjar entre sus miles de seguidores una consciencia política de clase, considerando también entre los oprimidos a los negros esclavos que trabajaban en las misiones, algunos de los cuales se adhirieron a su causa, entre ellos Antonio Gatica.
La unidad política, la consciencia de clase y el proyecto de acabar con la dominación extranjera (los franciscanos, en una última entrevista que sostuvieron con el caudillo, antes de retirarse de las misiones, lo escucharon anunciar: “a los españoles se les acabó su tiempo”), ese ideal de expulsar definitivamente a los invasores de nuestras tierras y opresores de nuestros pueblos, dieron aliento a la más grande lucha revolucionaria gestada en la Amazonía.
Juan Santos Atahuallpa nunca fue derrotado, antes bien logró sucesivas victorias sobre las tropas virreinales que movilizadas desde varios frentes intentaron vanamente doblegarlo. Durante catorce años, de 1742 a 1756, hizo de la vasta selva central un territorio liberado, desapareciendo en circunstancias hasta hoy no develadas.
El mito lo hizo inmortal para varias de las naciones amazónicas, que habiendo sobrevivido con grandes pérdidas a las tragedias de la colonia y la república, aguardan aún a Juan Santos Atahuallpa como el Apu Inca que algún día volverá para liberar a su pueblo.
GEORGES ANSON Y JUAN SANTOS ATAHUALLPA
Héctor Guzmán Palomino
Poco se sabe respecto del viaje que llevó a Juan Santos Atahuallpa hacia tierras europeas, principalmente a Francia e Inglaterra. Se especula sobre un encuentro con la logia masónica de Londres pero lamentablemente no existen documentos que puedan probarlo. Por entonces el imperialismo español, todavía la potencia más poderosa del orbe, afrontaba la llamada Guerra de Ochenta Años (1568- 1748), con las Provincias Unidas de los Países Bajos buscando su independencia. A la par, competía con su vieja rival, Inglaterra, que buscaba debilitar al imperio español atacándolo en sus lejanas colonias, tratando a la vez de abrir rutas comerciales con América.
Aprovechando del tratado de Utrecht por el que España concedía a Inglaterra el envío de un barco por año a las colonias, con fines comerciales, los ingleses se dedicaron a contrabandear colaborando con piratas de Jamaica, entre otros. Esta disputa ultramarina entre las potencias no pasó desapercibida para Juan Santos Atahuallpa; antes más bien, debió aprovechar su estancia en Europa para tomar contacto con algunos ingleses, hablando de sus proyectos de alzarse contra el dominio colonial en el Perú. Parece que estas conversaciones se hicieron a un alto nivel, pues tiempo después el caudillo revolucionario, ya en pie de lucha en la selva central, anunciaría que estaba a la espera del apoyo que le habrían prometido los ingleses.
Por ese tiempo, las dos principales potencias libraban la llamada Guerra de la Oreja de Jenkins o, como la conocían los españoles, la Guerra del Asiento (1739-1748). “El Asiento” no era otra cosa que el monopolio ganado por los ingleses para introducir esclavos negros en América. España no practicaba la Trata de Negros, es decir, la captura, transporte y reventa de esclavos, pero si compraba los esclavos a los negreros. El Asiento para las colonias españolas fue concedido a Inglaterra luego del Tratado de Utrecht, por una duración de 36 años pero solamente un barco, como decíamos antes, era autorizado a librar su “mercadería” y las necesidades de las colonias no podían ser satisfechas. Además la alta sociedad criolla se mostraba ávida de adquirir los productos manufacturados británicos, fruto de la revolución industrial emergente. Todo ello incitaba al contrabando, que se realizaba principalmente en los mares de Jamaica.
La reacción española fue ordenar a todas las embarcaciones hispanas, incluso las privadas, que controlasen las actividades de los barcos mercantes ingleses, confiscando sus bienes en caso de encontrarlos culpables del tráfico ilegal, amén de poder adoptar otras medidas incluso más severas. Este “Derecho de Visita”, acordado por el Tratado de Sevilla de 1729, reavivó los viejos antagonismos entre ingleses y españoles. En 1731 el navío inglés de nombre “Rebecca” fue capturado en aguas españolas; y el capitán Julio León Fandino cortó la oreja del capitán inglés Robert Jenkins, diciéndole: “Llévala a tu rey y dile que le haré la misma cosa si lo veo por aquí”.
El probable encuentro entre Juan Santos y los ingleses debió ocurrir antes de 1740, año en que el Comodoro o Vicealmirante Georges Anson recibió del rey Georges II el comando de una escuadra para la defensa de sus colonias americanas y para resguardar los intereses de sus connacionales en las aguas del Pacífico. Anson había nacido el 23 de abril de 1697 en el seno de una familia acomodada, habiendo sido su madre cuñada de Thomas Parker, Lord Chancellier entre 1717 y 1724. A la edad de 15 años se enroló en la marina y a los 20 años, como teniente a bordo del HMS Montague, le cupo destacada actuación en la batalla naval contra la escuadra española de Don Antonio Castanita. A los 25 años fue nombrado Capitán de Fragata, sirviendo primero en el Mar del Norte y luego en tierras americanas protegiendo a las colonias británicas. De regreso a Inglaterra en 1730 pasó a comandar el Squirrel; en 1734 estuvo una vez más en América, pero debió regresar a Inglaterra al estallar la Guerra de la Oreja de Jenkins. En 1739 navegó en aguas africanas y en 1740, como reseñamos, obtuvo el mando de una escuadra de siete navíos para actuar en América. La expedición duraría 3 años y 9 meses, con un desfavorable saldo en pérdidas humanas: de los 2,000 hombres embarcados en Inglaterra solo regresaron 188. Pero fue un éxito en lo económico pues Anson llevó consigo un botín de 400,000 libras tomadas del galeón español de Manila que abordó en alta mar. De modo que aunque conservaba solo el navío Centurion, tuvo un recibimiento triunfal en Inglaterra el 15 de junio de 1744.
A punto de estallar la revolución de Juan Santos Atahuallpa, Anson había tenido ya grandes pérdidas, pues en setiembre de 1741 solo contaba con 335 hombres. Al capturar el navío español Nuestra Señora del Monte Carmelo, halló que su cargamento carecía de interés, pero por personajes que capturó obtuvo un crecido rescate. En esa nave encontró valiosos documentos referidos a la guerra hispano-inglesa: el sitio de Cartagena de Indias y los intentos británicos por desembarcar en Cuba habían fracasado. Supo asimismo que una escuadra española que había salido en su persecución, había sufrido, como la suya, muchas pérdidas en barcos y en hombres. El almirante Pizarro, que la conducía, no era de temer en esos momentos, ya que se retiraba hacia Buenos Aires desde donde mandó correos a Lima sugiriendo al virrey poner en alerta a todos los puertos de América Central y del Sur.
Fue así que cuatro navíos zarparon de El Callao con orden de interceptar a Anson. Otros tres navíos salieron de Concepción y un cuarto puso proa en las islas de Juan Fernández. Un error en las cartas de navegación de los navíos españoles impidió que cogieran al Centurion que conducía Anson, a quien creyeron perdido en Cabo de Hornos pues no aparecía en ningún punto de acuerdo a las lógicas cartográficas. Por entonces, con el Centurion, el Ensayo y el Carmelo, que había tomado de los españoles, Anson se situaba en emboscada frente a Valparaíso mientras que otro navío inglés, el Gloucester, se ponía en observación frente a Paita, en el norte del Perú, aunque bien mar adentro para no ser avistado. El Ensayo, minúsculo navío, logró la captura de un barco español tres veces mayor grande que él; este barco, llamado Arranzazu, pasaría entonces a llamarse El Capturado del Ensayo, a cuyo bordo se trasladaron los cañones del minúsculo vencedor.
El 7 de noviembre de aquel año 1741, el Centurion se situó frente al Callao; el 11, un poco más al norte, capturó al Nuestra Señora del Carmen, uno de cuyos marineros le reveló que un barco de pescadores había visto al Gloucester frente a Paita. Visto el peligro que se cernía sobre el Gloucester, decidió Anson atacar Paita, más a su alcance que el fortificado puerto del Callao. Los navíos quedaron en alta mar y unas chalupas desembarcaron de noche a 60 británicos, comandados por el teniente Peircy Brett, levantando tal bullicio que los aterrorizados pobladores huyeron de la ciudad, que fue tomada casi sin que se disparase un tiro. Solo un muerto tuvieron los ingleses, que en tres días saquearon la ciudad a su antojo, llevándose lo existente en la aduana y las iglesias; además de llevarse todo el “metálico” que encontraron, subieron también a bordo un buen número de animales, después de lo cual Anson ordenó incendiar la ciudad ya que sus vecinos españoles no pagaron lo que se les exigió para salvarla. Solo dos iglesias salvarían del incendio. Anson puso luego en libertad a los 88 españoles que había capturado en el Nuestra Señora del Carmen, entre quienes hubo tres damas servidas por esclavos negros. Con ellas fue muy cordial el comodoro, por lo que los españoles liberados dijeron que Anson más que un bucanero era todo un gentleman. El teniente Brett, que manejaba tanto la espada como el pincel, dejó un dibujo de Paita en llamas.
En los seis meses Anson continuó sus correrías atacando diferentes puertos en las costas peruanas. Todo indica que esperaba ver al Perú sublevado, pero como no ocurriese ello en el tiempo por él previsto, dejó nuestras costas navegando rumbo al Asia. Ello ocurrió en mayo de 1742, por ironía solo unos días antes de que llegaran a Lima las primeras noticias sobre el levantamiento de Juan Santos Atahuallpa. ¿Ironía del destino? ¿Qué hubiese sucedido de tenido Anson esta información? Porque Lima también se sublevaría, lamentando Juan Santos Atahuallpa que sus “amigos ingleses” no estuvieran ya para apoyarlo.
Juan Santos desapareció misteriosamente por 1756. Nunca se halló su tumba, que de seguro cuidaron de esconderla muy en secreto sus más fervientes partidarios, para crear el mito del caudillo inmortal que ha de volver algún día. Georges Anson, que pudo haber sido su aliado, murió a los 65 años en Inglaterra, dejando un Diario de su viaje alrededor del mundo entre los años 1740 y 1744, que en 1748 fue publicado en Londres por Richard Walter, quien fuera partícipe de esa expedición.
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PERENNE ACTUALIDAD DE JUAN SANTOS ATAHUALLPA

“Y que él tendrá poco más de 30 años... su nimo es dice, cobrar la corona que le quitó Pizarro y los demas españoles…,que quiere que escriba al Sr. Virrey para que le restituya, esto es su corona, y sino que él la pasar{ a tomar por fuerza… habla este Inca lengua serrana(quechua), ande (Kampa) y español…” (1). Con este testimonio, los padres Fr. Manuel del Santo y Fr. Domingo García de la orden Franciscana definen las ideas y finalidades que tenía Juan Santos Atao Huallpa cuando se subleva contra el reino español a fines del mes de mayo de 1742; teniendo como cuartel general inicial al pueblo de Quisipango o Simanqui, situado, en “Las montañas de los Andes, fronteras a las provincias de Tarma y Jauja
Existen muchas causas por la cuales se ha minimizado y desvirtuado este movimiento precursor de nuestra Independencia y de América toda. Una de ellas es la falta de fuentes indígenas contemporáneas, otra son las publicaciones parcializadas hechas libros y revistas por religiosos franciscanos, quienes desde un comienzo no vacilaron en denominar a Juan Santos con los calificativos de “Inimicus homo”,”monstruo abominable”,”apóstata del infierno”, “instrumento del demonio”, etc. Esto es explicable, en parte, debido a que “El rebelde” se sublevó en una zona dominada por misioneros franciscanos.
Para dar una visión exacta de la personalidad de Juan Santos y de la trascendencia del movimiento que encabezó, como condición sine qua non el estudioso debe despojarse de toda pasión, sea este de tipo hispana o indigenista, religioso o político; además, y esto es lo fundamental, se requiere una investigación más amplia y profunda de archivos nacionales y extranjeros. Es una tarea difícil pero que merece ser llevada a cabo si queremos tener un panorama real e integral de los movimientos precursores de tipo netamente peruanos.
Existen diversas opiniones sobre el lugar de nacimiento de Juan Santos; la mayoría de los datos provienen de los misioneros franciscanos y seglares que indirectamente tuvieron cierta vinculación con él, en el período de la sublevación. El Padre Amich dice: “que es del Cuzco”(3). El Padre Izaguirre lo denomina “Indio del Cuzco...”(4). Los padres Manuel del Santos y domingo García escriben: “Viene este Indio, que dice ser Inca, del Cuzco
Francisco A. Loayza, insigne peruanista, fotocopió en el Archivo General de Sevilla dos probanzas de los hijos de Atao Huallpa; una fechada en Lima, presentada por Diego Atao Huallpa y la otra fechada en el Cuzco, presentada por Francisco Atao Huallpa. Según Loayza: “De la estirpe de estos, en el Cuzco, la sede áurea del Imperio de los Inkas, brota nuestro héroe” (6). El notable humanista don José de la Riva-Agüero, dice “Este Juan Santos (fue) indio Cuzqueño...” (7). El Padre Juanis lo llama “Inca ladino” y añade que procedía del Cuzco (8). Hasta aquí los datos que nos manifiestan que Juan Santos procede del Cuzco.
Existen otras versiones que indican otros lugares de nacimiento para el caudillo patriota. Así, Pedro José Pulipunche, natural de Tarma e integrante de las filas revolucionarias, al ser capturado e interrogado dijo:”El levantado (Juan Santos)... es natural de Cajamarca...” (9). Por último algunas manifestaciones de testigos de la época (siglo XVIII) sugieren la idea que Juan Santos fue natural de Huamanga (Ayacucho).
Nos inclinamos por la tesis de Loayza que sostiene la procedencia cuzqueña de este precursor; aunque no deba descartarse la posibilidad de un origen norteño (Cajamarca).
La fecha de su nacimiento la hemos calculado entre 1705 y 1710, período que deducimos consultando fuentes en las que se mencionan algunos datos sobre la época de su viaje a Europa; los años de campaña pre-revolucionaria y la edad que calculaban algunos misioneros franciscanos y laicos en 1742, cuando el inicio de la sublevación.
Existe un hecho sobre el cual conviene detenerse para analizarlo y es el por qué Juan Santos ocultó el lugar de su nacimiento y más aún, como aseguran los declarantes mencionados anteriormente, indicó las zonas de Cuzco y Cajamarca como lugares de origen, creando la dificultad para conocer su procedencia. ¿Quiso de esta forma proteger a sus familiares de una masacre total? ¿Previó que las autoridades españolas podrían tomar venganza al no poder capturarlo o derrotarlo?
La historia señala que los españoles al debelar una sublevación no sólo ultimaban al líder sino que hacían extensiva esta pena a sus familiares; siendo la pena más leve la confiscación de sus bienes y la deportación o exilio. Lo sucedido con Tupac Amaru I y posteriormente con Tupac Amaru II son pruebas irrefutables del condenable proceder español durante la colonia.
Desde su más temprana edad Juan Santos fue educado bajo la protección de los jesuitas. Cuando tenía entre los 20 y 25 años fue llevado a Europa; estuvo en España y probablemente en Inglaterra. En sus declaraciones, recogidas por los frailes misioneros, manifiesta haber estado en Angola (África) y allí haber conversado con los ingleses sobre un probable apoyo por mar a la sublevación que ya planificaba.
Estos viajes influyeron poderosamente en el pensamiento de nuestro precursor; conoció nuevas costumbres, diferentes sistemas de vida y las variadas formas de explotación del hombre por el hombre y, lo que es más importante, pudo hacer una comparación entre la forma de vida infrahumana de sus compatriotas y la de los pueblos europeos.
Sobre la cultura que poseía no existen discrepancias; tenía una sólida preparación. Era políglota pues hablaba kechua, castellano, kampa y un poco de latín; sabía escribir y leía en castellano y latín. Poseía conocimientos de astronomía. Tenía cualidades innatas de organizador y conductor de hombres. Sólo así pudo reunir en un solo cuerpo y con un solo fin a diferentes tribus de la zona selvática como eran Asháninka, Cunibos, Shipibos, Piros y Simirichis, muchas de ellas enemigas entre sí.
Inició, con un sentido de estratega intuitivo, la guerra de guerrillas. Con esa táctica pudo derrotar a todas las expediciones militares que contra él enviaron los virreyes y, sin exageración alguna, puede afirmarse que fue indestructible en la zona que dominó por más de catorce años.
Según el fraile José de Amich del Convento de Ocopa y casi contemporáneo de Juan Santos, éste tenía una estatura más que mediana, su color era pálido amestizado, fornido de miembros, el pelo cortado al modo de los indios de Quito, la barba con algún bozo, y su vestido una cusma pintada” (10).
No se sabe exactamente la fecha en que Juan Santos retorno al Perú; las fuentes documentales nos indican “que por el año de mil setecientos veintinueve, a mil setecientos treinta, vino el referido Indio corriendo toda la sierra, desde el Cuzco hasta Cajamarca, previniendo a todos los caciques y gobernadores de los indios, que era el legítimo descendiente de los Incas, y que quería restaurar su Reino del poder de los españoles y librar sus vasallos de las tiranías que padecían, lo que les asegura para que lo ayuden con sus indios a este intento, cuando desde la montaña, en que se introduciría, les avisase... (11).
Juan Santos, poseedor de una visión amplia y de un sentido altamente provisorio, comprende que es necesario hacer una campaña propagandista silenciosa pre-rrevolucionaria, habla con los indígenas nobles, les explica sus ideas, su finalidad y su plan estratégico. Ha llegado al convencimiento de la región de la selva es la única zona en la cual puede luchar contra las fuerzas realistas con probabilidades de éxito. En otros lugares puede ser rodeado, cercado y atacado por distintos frentes. Además la campaña a campo abierto se complicaría más al no contar con las armas necesarias. Es probable, aunque no hay documentos que lo certifiquen, que nuestro precursor se comprometiese a ocupar zonas de Tarma y Jauja, acciones militares que serían la señal para el levantamiento general en toda la zona por él recorrida en su campaña pre-revolucionaria. Al fraile Lorenzo Núñez le dice: “Que si el quería ver le aguardase en Tarma y que le dijese a los militares que no se molestasen en ir a buscarle que él los iría a ver en Palcapampa” (12).
Más de 10 años duró la etapa preparatoria; la misión más difícil lógicamente fue en la zona selvática: tuvo que aprender el Kampa y otros dialectos; asimiló las costumbres selvícolas (usó la vestimenta Kampa) y, profundo observador, se compenetró con su religión, lo que para Stefano Várese tuvo importantísimo valor en la sublevación (13).
Según informaciones de los misioneros franciscanos, las tribus Shipibo, Cunibo y Kampa integraban las filas sublevadas; esto demuestra el gran ascendiente que había logrado Juan Santos en los grupos selvícolas antes enfrentados.
Se han querido desvirtuar los fines reales de las sublevaciones del siglo XVIII; según algunos historiadores, ellas no tuvieron un carácter separatista y solamente fueron levantamientos en contra de los voraces encomenderos, de la explotación de los corregidores y demás autoridades coloniales, quienes aplicaban mal las leyes dictadas por el Rey de España. Pero, indiscutiblemente, las sublevaciones de 1742 y 1780 buscaron la separación definitiva del dominio español. Esto incluso está probado por documentos de procedencia española.
Para la mentalidad tan despierta de Juan Santos no podían escapársele los hondos problemas sociales y económicos que soportaba el virreinato peruano. Antes de su viaje al extranjero ya habían observado la inhumana explotación que padecían sus hermanos. A su regreso y luego de su peregrinaje prerrevolucionario llega al convencimiento total que tenía “
Como prueba que Juan Santos actuó teniendo de su parte la razón, el derecho y la justicia, transcribimos documentos hispánicos del siglo XVIII que no admiten discusión alguna:
“Tal es el asunto que empezamos a tratar en este capítulo, que no puede entrar en él el discurso sin quedar el ánimo movido a compasión, ni es posible detenerse a pensar en él sin dejar de llorar con lástima la miserable, infeliz y desventurada suerte de una nación que sin otro delito que la simplicidad, ni más motivo que el de una ignorancia natural, han venido a ser esclavos...” (15).
“La tiranía que padecen los indios nace de la insaciable hambre de riquezas que llevan a las Indias los que van a gobernarlos...” (16).
“Los indios son unos verdaderos esclavos en aquellos países, y serían dichosos si no tuvieran más de un amo a quien contribuir lo que ganan con el sudor de su trabajo, pero son tantos, que al paso que les importa cumplir con todos, no son dueños de lo más mínimo que con tanto af{n y trabajo han adquirido...” (17).
“...que son los obrajes, es donde al parecer se refunden todas las plagas de la miseria. Aquí es donde se juntan todos los colmos de la infelicidad, y donde se encuentran las mayores l{stimas que puede producir la m{s b{rbara inhumanidad...” 18).
“Considerando atentamente todo lo que se ha dicho...se verá la causa porque los indios infieles aborrecen la dominación de los españoles y el motivo que los induce a mirar con desprecio la religión católica en que les desea instruir, pues ellos consideran que la religión, en el modo que la experimentan, viene a ser el instrumento usado para sujetarlos al duro yugo de la tiranía...” (19).
“Que estando encargado infinitas veces el buen tratamiento de los indios por vuestra Majestad y los señores Reyes predecesores, experimentan estos las más injustas y continuas crueldades de quienes debieran ser más piadosos y dar el mayor ejemplo...” (20).
“Por hallarse sus dilatadas y remotas provincias en el más infeliz estado, y en peligro de perderse por la excesiva e infernal codicia, tiranías, crueldades y escándalos, los que cada día van aumentando, y las malísimas consecuencias, que de ellos se siguen contra los pobres indios, mestizos y muchos desvalidos españoles, y lo mismo en los obrajes, en las minas, trapiches, haciendas y cañaverales donde se ejecutan horrores contra los pobres miserables...” (21).
Los documentos hablan con fuerza avasalladora. Religiosos, militares, científicos y administradores de las arcas reales firman estas acusaciones hechas al gobierno español.
Todas las personas que directamente indirectamente tuvieron contacto con Juan Santos dejaron expresa constancia que éste “quería coronarse rey de Lima” (22). Esto indica las ideas separatistas del caudillo y su ranca lucha contra el régimen virreinal.
Ya hemos mencionado por que Juan Santos escogió la zona selvática como centro de sus operaciones. Debemos agregar que existieron otras causas fundamentales. La región sublevada se hallaba ubicada entre Cajamarca y Cuzco, con varias rutas de salida hacia la costa y a pocas leguas de la capital del virreinato. Mejor no pudo ser escogida.
Los Kampas han sido y son excelentes guerreros. Se han opuesto siempre tenazmente a la penetración del blanco, pues las experiencias que han sufrido han sido siempre negativas. Les han arrebatado sus tierras, mujeres; los han obligado a trabajar como esclavos; han sido asesinados salvajemente para quitarles sus tierras con el pretexto del “progreso”. En el trueque comercial siempre los han engañado.
En la época de Juan Santos existían en la región convulsionada minas y obrajes que explotaban españoles y criollos, con terrible padecimiento para las poblaciones nativas que en ellas laboraban, mayormente forzadas. Hay documentos que describen las distintas haciendas ubicadas en los valles de Vitoc, Huancabamba y Chanchamayo. Al norte del Cerro de la Sal existía una inmensa hacienda perteneciente al Conde de las Lagunas. En estas haciendas existían esclavos negros quienes controlaban como capataces y armados de fusiles y machetes, el trabajo de los indios. Sería inútil insistir, pues hay mucha literatura al respecto, en la salvaje explotación a la que éstos fueron sometidos en minas, obrajes y haciendas.
Contra todo eso se rebeló Juan Santos; destruyó los ingenios mineros; se apropió de las haciendas cuyas tierras entregó a sus hombres para que las trabajasen; en la zona por él ocupada desaparecieron los obrajes. De esta forma los centros de producción, símbolos de la explotación, fueron destruidos. Lógicamente los propietarios fueron capturados y algunos ejecutados, entre ellos varios capataces negros.
El Intendente Urrutia al describir “las distintas haciendas de Chanchamayo con todos sus propietarios”, menciona “...lo mucho que estos sufrieron unos al ser tomados prisioneros y otros víctimas de los salvajes...”. Añade que se saquearon las haciendas de “San José Barrios a quien le costó la vida”, la de ”Santa Catalina de D. Bernardo de Olivera, muerto en ella en la irrupción”; la de “San Fernando de don Juan Carvajal que allí fue sacrificado con quince operarios<” (23). En el valle de Huancabamba “el Sr. Sandoval, dueño y principal de esas tierras
La amplia zona dominada por Juan Santos abarco las conversiones de Huancabamba, Paucartambo, Cerro de la Sal, Perené, Chanchamayo, Metraro, Eneno, Pangoa, Apurímac, Ene, Sonomoro y Alto Ucayali. En forma lenta, pero segura, presionaba el caudillo las ciudades de Pasco, Tarma y Jauja.
En mayo de 1742 nuestro precursor había declarado en forma tajante cuál era la finalidad de su revolución: “Que ya se acabaron obrajes, panaderías y esclavitudes; pues no ha de permitir en su reino esclavos, ni las demás tiranías de los españoles...” (25).
Interesante ese manifiesto, puesto que encierra las características de un movimiento social revolucionario. En pocas pero tajantes palabras, Juan Santos anunció que se proponía derribar todo el sistema de explotación, al decir que no permitiría “las dem{s tiranías de los españoles”.
En la entrevista que sostuvo con el fraile Santiago Vásquez de Caicedo, le manifestó con rotundidad “que venía a componer su reino y que su ánimo era salir a coronarse a Lima; que no quería Pasar a España ni al reino que no fuese suyo. Que el virrey podía tener a bien dejarle tomar posesión de sus reinos; que si salía a estorbarle con cuatro españoles, él tenía sus los indios y mestizos, y los negros...” (26).
Juan Santos no fue hombre de palabras ambiguas; reclamó lo que él creyó que le pertenecía por derecho; desconoce la autoridad del virrey y en forma diplomática le envió decir que le devolviese sus posesiones. Él quería coronarse Inca Rey en Lima. Y consciente de los cambios producidos en dos siglos de dominación, con excepcional tacto político convocó a un frente en el cual los indios harían alianza con mestizos y negros.
El virrey de Nueva Granada escribió al rey de España manifestándole que Juan Santos se titulaba: “Restaurador de la libertad común de aquellos naturales...” (27) y “Rey y Restaurador de la antigua libertad de sus naturales...:” (28). Estas cartas nos indican hasta que países se extendido la noticia de la sublevación.
Según la corriente política de la época, nuestro caudillo se autotituló Rey para significar su enfrentamiento con el monarca español. Tal confirmó el Gobernador de las Fronteras, don Benito Troncoso, escribiendo que Juan Santos tenía “la presunción y jactancia de Monarca y supremo Señor del Reino y de que por tal se trataba y se hacia respetar, recibir y obedecer por los caciques y gobernadores...y andaba con el séquito y acompañamiento de algunos negros...” (29). No es de extrañar esto, pues nuestro caudillo, convencido de sus derechos, no vaciló en actuar como auténtico Rey.
Un documento fechado en 1753 nos da un magnífico testimonio de la visión y los alcances políticos de nuestro héroe, al certificar que “dicho rebelde y sus seguidores son unos de los mayores herejes que han perturbado la Santa Iglesia...(y se titula) rey absoluto de la América” (30).. Túpac Amaru tendría trece años de edad por entonces. Las ideas y fines hermanan a estos dos precursores.
Las ideas de Juan Santos fueron totalmente revolucionarias para su época. Desconoció la autoridad del Rey, lo llamó usurpador y ladrón pues para él “en este mundo no hay más que tres Reinos: España, Angola y su Reino; y que él no ha ido a robar a otro su reino, y los españoles ha venido a robarle el suyo...” (31).
Tuvo en mente instituir el clero indígena; sus detractores denunciaron: “el traerá al obispo del Cuzco para que ordene de estos para padres”. Y anulando diferencias raciales manifestó: “...que aunque no sean blancos como los españoles, bien pueden ser padres y sacerdotes” (32). Soberbio razonamiento.
Al apoderarse de las haciendas y al hacer una distribución de ellas en pequeñas parcelas, Juan Santos inició un ataque frontal a la propiedad feudal poniendo las bases para una verdadera revolución agraria.
De acuerdo a sus principios, nombró como capitanes principales a “Don Mateo Assia, curaca campa de Eneno”, al negro”Antonio Gatica”, al “indio serrano Gaspar Aguirre”, al “guapo capitán chuncho Piñate, natural del pueblo de Pichana” (33). Dentro de las filas sublevadas se confundieron”indios serranos, negros y chunchos”, en busca de un hermoso anhelo: la libertad y la justicia para todos.
Existen dos referencias documentales sobre “unas cartas originales del Indio Rebelde...” (34), que habrían sido entregadas por Juan Santos a dos religiosos; desgraciadamente, no se tienen más noticias sobre estos documentos, que de hallarse podrían contener datos sumamente interesantes sobre la personalidad, ideas y objetivos de nuestro caudillo.
En síntesis, se puede afirmar que las transformaciones perseguidas por la rebelión de 1742 comprendían los campos político, económico, social y religioso. Como todo precursor nuestro héroe se adelantó a su época. Su movimiento es digno de figurar dentro de las mejores gestas heroicas de nuestra historia. Juan Santos y los que lucharon a su lado, conscientes de la desigualdad de fuerzas, no vacilaron en enfrentarse a los ejércitos del imperio más extenso de la tierra.
La campaña militar tuvo características especiales por el medio geográfico en el cual se desarrolló; y, en general, podemos decir que los resultados fueron favorables para los patriotas.
La pasividad de los pobladores de los valles andinos; la falta de armas y otros factores, hicieron imposible que el grito de libertad y justicia dado en Quisopango se extendiese para destruir el sistema de opresión virreinal. Mas, las consecuencias que generó tuvieron honda repercusión en la segunda mitad del siglo XVIII.
La ayuda ofrecida a Juan Santos por los ingleses nunca se materializó. Aunque la llegada por entonces de una expedición naval británica a las costas del virreinato peruano y el saqueo del puerto de Paita se prestaron para diferentes especulaciones.
El gobierno español envió a sus mejores oficiales y soldados a la zona convulsionada. Abundan informaciones mencionando la remisión de”bocas de fuego”, pólvora, cajones de granadas, cañones, municiones de artillería y fusiles poderosos, etc. Las Cajas Reales costearon la alimentación, vestidos, pago de sueldos de oficiales y soldados virreinales, contratación de peones, arrieros y guías conocedores de la región. Para hacer un estudio económico de la sublevación existen datos, aunque no completos, en diferentes archivos nacionales y extranjeros.
El movimiento provocó la destitución del virrey Marqués de Villagarcía. El año de 1744 el secretario del rey, marqués de la Ensenada, manifestó que “hallándose el Rey con noticias de que en las provincias del Perú hay varias inquietudes, y en las de Jauja y Tarma alguna sublevación...ha resuelto su Majestad
Los cambios, a nivel nacional, de jefes militares, corregidores y gobernadores de frontera, se realizaron continuamente ante los fracasos de las sucesivas expediciones movilizadas contra Juan Santos, quien en avance victorioso inclusive llegó a capturar el pueblo de Andamarca, situándose a pocas horas de Jauja y Concepción.
No se sabe la fecha ni las circunstancias de su muerte. Su actividad militar es mencionada todavía en un documento virreinal de 1755. Misioneros, militares y científicos han corregido diferentes versiones y fechas de su muerte. Sería interesante investigar esto.
Lo que sí está fuera de toda duda es la gran influencia que ejerció y aún ejerce en la mentalidad religiosa del pueblo Asháninka o Kampa, que aun espera el regreso de su “Amachegua”, como les fue prometido, para salvarlos del despojo y explotación del blanco. He ahí la importancia de la lucha de Juan Santos. Su esfuerzo no fue vano. Luchó por la dignidad del ser humano y por ello su perenne actualidad dentro de nuestra historia.
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Notas
1 Carta de Fray. Manuel del Santo y Fr. Domingo García, 1-VI-1742. En Francisco A. Loayza: Juan Santos. El invencible. Colección de los pequeños grandes libros de Historia Americana, Lima, 1942. T. II Págs. 2,3 y 4.
2 Márquez de Villa García: Memorias de los virreyes. Lima 1859. T. III. Pág. 382.
3. Fray José de Amich: Compendio Histórico. París. 1854.
4. Fray Bernardo Izaguirre: Historia de las Misiones Franciscanas. Lima 1923. T II
5 Carta de Fray Manuel del Santo y Fray Domingo García, 2-VI-1742. En Francisco A. Loayza, sobre cit., Pág. 2.
6. Francisco A. Loayza, obra cit., Pág. VIII
7 José de la Riva-Agüero: La Conquista y El Virreyanato. Obras Completas, Lima 1967 T. VI. Pág. 279.
8 Conrado Juaniz, O.F.M: El Inca Ladino, Madrid. Editorial Cisneros, 1960.
9 Diario del secretario Gobernador de las Montañas Don Benito Troncoso de Lira Y Sotomayor. En Francisco A. Loayza, Obra cit., Pág. 29.
10 Fray José de Amich: Historia de las Misiones de Ocopa. Paris 1883. T.I
11 Carta de José Patricio Arbeiza y Elizondo y don Manuel de Barrenechea, Oficiales Reales de las Cajas de Pasco. 14-III-1745. En Francisco A. Loayza, obra cit., Pág. 50.
12 Fray José de Amich: Compendio Histórico. París 1854.
13 Stefano Várese: La Sal de los Cerros. Lima 1968.
14 Fray José de Amich: Compendio Histórico. París 1854.
12
15 Jorge Juan y Antonio de Ulloa: Noticias Secretas de América. Ediciones Mar Océano. Buenos Aires, Argentina, 1953. Pág. 181.
16 Ibíd. Pág. 182.
17 Ibíd. Pág. 187.
18 Ibíd. Pág. 215.
19 Ibíd. Pág. 274.
20 Carta de don José Patricio de Arbeiza y Elizondo y Don Manuel Barrenechea, Oficiales Reales de las Cajas de Pasco. 14-III-1745. En Francisco A. Loayza. Obra cit., Pág.52.
21 Solicitud al Rey de España presentada por Fray José de San Antonio, Comisario de las Misiones del Cerro de la Sal. II-VI.1750. En Francisco A. Loayza. Obra cit., Pág. 157
22 Francisco A. Loayza. Obra cit., Págs. 5, 6, 9,12 y 154.
23 P. Dionisio Ortiz, O.F.M: Oxapampa, Estudio de una provincia de Selva del Perú. Imprenta Editorial “san Antonio”, lima 1967. T.I P{g. 126.
24 Ibíd. Pág. 122
25 Carta de Fray. Manuel del Santo y Fr. Domingo García. 2-VI-1742. En Francisco A. Loayza, Obra cit., Pág.4
26 Francisco A. Loayza. Obra cit., Págs. 9 y 10.
27 Carta de don Sebastián de Eslava, Virrey de Nueva Granada al secretario del Rey de España. 15-VI-1744. En Francisco A. Loayza. Obra cit., Pág. 53.
28 Ibíd. 12-VI-1744, Pág. 54.
29 Francisco A. Loayza. Obra cit., Pág. 106
30 Ibíd. Pág.232
31 Carta de Fray. Manuel del Santo y Fr. Domingo García. 2-VI-1742. En Francisco A. Loayza, Obra cit., Pág.4
32 Ibíd. Pág. 5.
33 Francisco A. Loayza. Obra cit., Págs. 27, 38,43y 57.
34 Ibíd. Págs. 48 y 116.
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